América Latina: la paradoja de nuestra riqueza



Las riquezas de América Latina han alimentado y enriquecido durante siglos a buena parte del mundo. Oro, plata, cacao, café, azúcar, caucho, banano, petróleo, cobre, litio y una biodiversidad extraordinaria han salido de nuestros territorios durante generaciones. Sin embargo, una pregunta permanece abierta: ¿por qué una región tan rica en recursos ha tenido tantas dificultades para convertir esa riqueza en prosperidad ampliamente compartida? La extracción tiene una paradoja persistente: la riqueza puede salir de un territorio sin que suficiente prosperidad permanezca en él.

Quizá la afirmación más incómoda sea otra. América Latina nunca ha sido particularmente pobre en aquello que el mundo considera valioso. Si nuestros territorios hubieran carecido de riqueza, difícilmente habrían despertado durante siglos semejante interés económico, político y estratégico. Nadie cruza océanos, disputa territorios, construye imperios o invierte enormes cantidades de dinero buscando lugares donde no existe nada que valga la pena obtener.

La contradicción aparece precisamente allí. Un territorio puede ser extraordinariamente rico y, al mismo tiempo, tener millones de personas viviendo en pobreza. Puede exportar miles de millones de dólares y seguir teniendo escuelas deficientes, infraestructura insuficiente, baja productividad y enormes desigualdades. Puede encontrarse sobre algunas de las reservas minerales más importantes del planeta y depender tecnológicamente de otros países para convertirlas en productos de mayor valor. La pobreza de una población no demuestra necesariamente la pobreza de su territorio. A veces demuestra la incapacidad histórica de transformar lo que posee en bienestar duradero.

Eso no significa, sin embargo, que toda la pobreza latinoamericana pueda explicarse porque alguien desde afuera se llevó nuestra riqueza. Esa sería una lectura demasiado cómoda y demasiado sencilla. Hubo conquista, explotación, trabajo forzado, concentración de tierras, instituciones construidas para extraer recursos y relaciones económicas profundamente asimétricas. Pero también hubo independencias, gobiernos propios, élites locales, empresarios, universidades, decisiones acertadas y desastrosas, corrupción, reformas, innovación y generaciones enteras capaces de intervenir sobre su propio destino. Comprender las estructuras extractivas del pasado no significa convertirlas en una coartada permanente. 

Lo que sí resulta difícil ignorar es que durante siglos buena parte de América Latina fue incorporada a la economía mundial fundamentalmente por aquello que podía extraerse de sus territorios. Potosí se convirtió en uno de los mayores centros productores de plata del planeta. El azúcar transformó economías enteras del Caribe y Brasil. El caucho produjo fortunas extraordinarias. Más tarde llegaron el petróleo, el cobre, el banano, el café, la soja y muchos otros productos que consolidaron economías profundamente orientadas hacia la exportación de recursos naturales.

No existe nada intrínsecamente negativo en exportarlos. Sería absurdo despreciar las ventajas que ofrece la geografía, y el comercio internacional puede ser una extraordinaria fuente de desarrollo. El problema aparece cuando durante décadas una economía extrae mucho, transforma poco y aprende todavía menos. Incluso hoy, buena parte de América Latina continúa dependiendo significativamente de productos básicos. Minerales, hidrocarburos y productos agrícolas siguen ocupando una posición central en las exportaciones de numerosos países. La vulnerabilidad no surge simplemente porque vendamos cobre, petróleo, cacao o café, sino cuando nuestras posibilidades de crecimiento dependen excesivamente del precio internacional de esos productos y cuando no conseguimos construir suficientes actividades productivas alrededor de ellos.

Por eso quizá la pregunta más interesante ya no sea cuánto exportamos, sino cuánto valor conseguimos capturar antes y después de exportar. Pensemos en algo tan cercano como el cacao. Entre una mazorca cultivada en Ecuador y una barra de chocolate vendida en una tienda de París, Nueva York o Tokio existe una cadena económica inmensa. Está el cultivo, la cosecha, la fermentación y el secado, pero después aparecen procesamiento, formulación, maquinaria, investigación, diseño, certificaciones, logística, financiamiento, distribución, marketing, propiedad intelectual y construcción de marca. El cacao hace posible toda la cadena, pero eso no significa que quien lo cultiva capture automáticamente la mayor parte del valor que esa cadena genera.

Lo mismo ocurre con el café antes de convertirse en una experiencia global, con el cobre antes de terminar dentro de sistemas eléctricos avanzados, con el litio antes de convertirse en una batería, con una planta nativa antes de transformarse en un ingrediente especializado o con una fibra antes de convertirse en una marca de moda. Extraer un recurso y crear valor a partir de él son actividades profundamente diferentes. Ahí quizá se encuentre uno de nuestros grandes desafíos históricos.

Durante demasiado tiempo hemos celebrado toneladas exportadas, récords de producción y precios internacionales favorables sin preguntarnos suficientemente qué existe alrededor de esa tonelada. La tecnología que permitió producirla, el conocimiento que permite mejorarla, las empresas que prestan servicios, los laboratorios que investigan nuevos usos, el financiamiento que permite crecer, los sistemas de trazabilidad que demuestran su origen y las marcas capaces de contar su historia también forman parte de su valor. La riqueza de un país no debería medirse únicamente por aquello que puede sacar de su suelo, sino también por aquello que sabe hacer con lo que encuentra allí.

El debate sobre los minerales críticos vuelve especialmente visible esta oportunidad. América Latina posee algunas de las reservas de cobre y litio más importantes del planeta y tendrá un papel fundamental en la transición energética mundial. Pero la oportunidad económica no termina en extraer el mineral y colocarlo en un barco. Existe también en proveedores especializados, procesamiento, ingeniería, software, logística, investigación, formación técnica, servicios ambientales y todas las capacidades que pueden desarrollarse alrededor de una industria de esa magnitud. El recurso puede funcionar como un enclave que simplemente extrae y exporta o convertirse en el punto de partida de un ecosistema económico mucho más amplio. La diferencia no está debajo de la tierra, sino en las decisiones que tomamos sobre ella.

Esa distinción también evita caer en otro error: creer que desarrollar una economía significa fabricar absolutamente todo dentro de sus fronteras. Ningún país moderno funciona así. La especialización, el comercio y la inversión extranjera pueden generar enorme prosperidad. El objetivo no debería ser aislarnos del mundo, sino participar en él desde posiciones progresivamente más sofisticadas. No necesitamos dejar de vender cacao; necesitamos saber cada vez más sobre cacao. No necesitamos dejar de exportar cobre; necesitamos construir más conocimiento, tecnología y empresas alrededor del cobre. No necesitamos impedir que el café salga del país; necesitamos conseguir que una mayor parte del valor creado gracias a ese café permanezca también en los territorios donde nació.

Durante décadas se ha hablado de la llamada maldición de los recursos naturales para describir países extraordinariamente ricos en petróleo, gas o minerales que obtienen resultados económicos decepcionantes. Pero quizá la palabra maldición nos distrae de algo importante. Los recursos no toman decisiones. Un barril de petróleo no corrompe un gobierno, una mina no decide cómo se distribuyen las regalías y un bosque no determina cuánto invertimos en ciencia. Los recursos crean posibilidades; las instituciones determinan qué hacemos con ellas.

Por eso existen países capaces de transformar rentas provenientes de recursos naturales en educación, infraestructura, ahorro, innovación y diversificación económica, mientras otros permiten que esas mismas rentas alimenten corrupción, concentración, clientelismo o gasto improductivo. El problema no consiste en poseer recursos, sino en depender de ellos sin utilizarlos para construir las capacidades que algún día permitan depender menos de ellos.

Un yacimiento puede dejar solamente un agujero cuando se agota, pero también puede dejar carreteras, técnicos, empresas proveedoras, universidades, centros de investigación, ahorro público y una generación de personas con nuevas capacidades. Un bosque puede convertirse únicamente en madera o puede sostener turismo, ciencia, alimentos, productos especializados, servicios ambientales y conocimiento que vale precisamente porque el bosque continúa existiendo. Una tierra fértil puede producir durante décadas una mercancía indiferenciada o convertirse en la base de investigación agrícola, industrias alimentarias, denominaciones de origen, gastronomía, turismo y marcas reconocidas internacionalmente.

Quizá deberíamos comenzar a entender nuestros recursos naturales como un capital inicial y no simplemente como una fuente de ingresos. Su verdadera función debería ser ayudarnos a construir otras formas de riqueza: conocimiento, infraestructura, tecnología, empresas, instituciones y oportunidades. Ese cambio de perspectiva también transforma la manera en que entendemos el crecimiento. Un país puede aumentar su PIB mientras reduce su riqueza real. Puede exportar más mientras pierde bosques, agua, fertilidad del suelo o biodiversidad. Puede crecer durante algunos años gracias a un recurso que se está agotando sin construir nada capaz de reemplazarlo. Si destruimos capital natural para generar ingresos de corto plazo y no utilizamos esos ingresos para construir nuevas capacidades, quizá no nos estamos enriqueciendo; tal vez simplemente estamos liquidando nuestro patrimonio.

Y aquí la conversación necesariamente deja de hablar únicamente de la historia y comienza a hablar de nuestra propia responsabilidad. Sería intelectualmente deshonesto analizar América Latina borrando la conquista, la colonización y las estructuras extractivas que moldearon durante siglos nuestras economías. Pero sería igualmente irresponsable utilizar esos procesos para explicar todos nuestros problemas actuales. Han pasado aproximadamente dos siglos desde que buena parte de la región inició sus procesos de independencia. Desde entonces hemos tenido suficiente tiempo para acumular también nuestros propios aciertos y nuestros propios errores.

Hemos desperdiciado bonanzas extraordinarias. Hemos tenido gobiernos que gastaron como si los precios excepcionalmente altos de las materias primas fueran permanentes, empresas que prefirieron proteger mercados antes que innovar, élites económicas que extrajeron riqueza de sus propios países sin reinvertir suficientemente en ellos, sistemas educativos desconectados de las necesidades productivas e instituciones debilitadas por la corrupción y el cortoplacismo. También hemos sido sociedades que muchas veces discutieron con enorme intensidad cómo repartir la riqueza existente y con mucho menos atención cómo crear la siguiente fuente de riqueza. Nada de eso puede atribuirse exclusivamente al extranjero.

Parte del extractivismo también puede ocurrir desde adentro. Una empresa latinoamericana que destruye un ecosistema, paga injustamente a quienes producen y concentra todo el valor lejos del territorio está reproduciendo la misma lógica que solemos condenar cuando viene desde afuera. Un gobierno que recibe miles de millones durante una bonanza y no consigue transformar esos ingresos en infraestructura, educación o capacidades productivas también está permitiendo que la riqueza desaparezca sin dejar prosperidad. Cambiar la nacionalidad de quien extrae no cambia necesariamente la lógica de la extracción.

La verdadera transformación necesita ocurrir en nuestra manera de entender el valor. Cada recurso importante debería ayudarnos a construir una economía alrededor suyo. Un mineral debería impulsar empresas tecnológicas y servicios especializados; un cultivo debería generar investigación, transformación y marcas propias; nuestra biodiversidad debería producir ciencia, turismo y biotecnología sin ser destruida; nuestras universidades deberían estudiar los problemas y oportunidades de nuestros propios territorios; y nuestras empresas deberían competir no solamente por producir más barato, sino por saber más, diseñar mejor y ofrecer algo difícil de reemplazar.

También necesitamos aprender a negociar mejor. Eso no implica cerrar las puertas a la inversión extranjera ni asumir que toda empresa internacional llega para extraer. El capital extranjero puede aportar tecnología, financiamiento, conocimiento y acceso a mercados que resultarían difíciles de construir rápidamente desde cero. La diferencia está en aquello que queda después. Si una inversión genera proveedores locales, forma profesionales, incorpora conocimiento, paga adecuadamente por los recursos que utiliza, respeta a las comunidades, cumple reglas ambientales y contribuye al desarrollo de capacidades permanentes, puede convertirse en una herramienta extraordinaria de progreso. Si simplemente extrae, exporta y desaparece, su impacto será completamente distinto.

Tampoco deberíamos convertir la idea de agregar valor en un eslogan vacío. No todo recurso necesita transformarse obligatoriamente hasta su etapa final dentro del mismo país. A veces nuestra ventaja estará en la fabricación; otras veces estará en genética, investigación, software, logística, certificaciones, diseño, servicios especializados o marcas. El objetivo no es hacer absolutamente todo. El objetivo es saber hacer cada vez más cosas difíciles de reemplazar.

Para conseguirlo necesitaremos algo mucho menos emocionante que descubrir un nuevo yacimiento, pero mucho más importante: continuidad. Necesitaremos educación durante décadas, infraestructura que sobreviva a los gobiernos, ciencia que no dependa del ciclo político, empresas dispuestas a reinvertir, Estados capaces de establecer reglas relativamente estables, universidades conectadas con los sectores productivos y mercados regionales suficientemente grandes para permitir que nuestras empresas escalen. Nada de esto ocurre rápidamente y, precisamente por eso, resulta tan fácil postergarlo.

Existe además una condición fundamental. No podemos repetir hacia adentro aquello que durante tanto tiempo hemos cuestionado hacia afuera. Si nuestra versión del desarrollo consiste en destruir bosques, contaminar ríos, agotar suelos y expulsar comunidades para aumentar las exportaciones durante algunos años, habremos aprendido muy poco de nuestra propia historia. Que la extracción sea realizada por actores locales no garantiza que el valor permanezca en el territorio ni que la prosperidad sea compartida.

Durante siglos hemos medido la riqueza de nuestros territorios preguntándonos cuánto podíamos sacar de ellos: cuántas toneladas de mineral, cuántos barriles de petróleo, cuántas hectáreas cultivadas y cuántos millones de dólares exportados. Quizá ha llegado el momento de incorporar otra pregunta a esa contabilidad y preguntarnos qué quedó después. Importa saber si quedaron mejores empleos y mejores ingresos, si quedaron empresas capaces de competir, si quedó conocimiento, si quedaron universidades y laboratorios, si quedó infraestructura, si quedaron ecosistemas capaces de seguir produciendo vida y si quedó una generación con más oportunidades que la anterior.

Si después de décadas extrayendo riqueza un territorio continúa siendo pobre, entonces quizá el problema nunca fue únicamente cuánto tenía, sino cuánto de aquello consiguió transformar en prosperidad. Por eso conviene cuestionar incluso la manera en que hablamos de países ricos y pobres. América Latina nunca ha sido pobre en el sentido más elemental de la palabra. Difícilmente podríamos llamar pobre a una región con semejante biodiversidad, reservas minerales, tierras fértiles, fuentes de agua, capacidad agrícola, patrimonio cultural y talento humano.

Hemos sido, demasiadas veces, pobres en algo diferente: en nuestra capacidad de transformar esa riqueza, negociarla bien, conservarla, multiplicarla y conseguir que sus beneficios alcancen a una proporción mucho mayor de nuestras sociedades. Y esa es una noticia mucho más esperanzadora de lo que parece, porque no podemos cambiar nuestra geografía y tampoco podemos reescribir nuestra historia, pero sí podemos mejorar nuestras capacidades.

No podemos recuperar la plata que salió de Potosí ni devolver los bosques que desaparecieron. Tampoco podemos construir el futuro esperando que algún día todas las cuentas históricas queden saldadas. Lo que sí podemos hacer es decidir de otra manera sobre la próxima riqueza que pase por nuestras manos. Podemos conseguir que el próximo mineral financie conocimiento además de exportaciones, que el próximo cultivo construya una empresa además de producir una cosecha, que la próxima inversión deje capacidades además de utilidades y que la próxima generación herede más posibilidades que recursos agotados. Podemos participar del mundo sin limitarnos a abastecerlo.

Tal vez allí se encuentre una forma más profunda de independencia económica. No en impedir que nuestros productos y recursos crucen fronteras, porque el intercambio también puede crear prosperidad, sino en asegurarnos de que no abandonen nuestros territorios sin haber generado antes conocimiento, trabajo digno, empresas, oportunidades y futuro.

Las riquezas de América Latina han alimentado y enriquecido al mundo durante siglos. El desafío de nuestra generación es conseguir que también enriquezcan, de manera justa y sostenible, a los territorios de donde provienen. La pregunta definitiva ya no debería ser cuánto puede sacar el mundo de América Latina, sino cuánto futuro somos capaces de construir con lo que tenemos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El país que despierta

El hombre en busca de sentido

El Precio de un Sueño