La independencia que aún nos debemos
Cada 10 de agosto, el Ecuador recuerda aquel primer grito que desafió el orden colonial. Las calles se llenan de banderas, los discursos recuperan los nombres de nuestros próceres y la historia vuelve a contarnos que un grupo de personas se atrevió a cuestionar una realidad que parecía inamovible. Pero quizá la mejor manera de honrar aquella fecha no sea limitarnos a recordar lo que ocurrió, sino preguntarnos qué significa ser independientes hoy. Han pasado 217 años desde aquel 10 de agosto de 1809. Aquella fecha no consumó nuestra independencia; abrió una pregunta que todavía no terminamos de responder: ¿somos verdaderamente libres?
Hace dos siglos, el poder que decidía sobre nosotros tenía un rostro, una bandera y un lugar reconocible. Hoy, las dependencias son menos visibles y más difíciles de enfrentar. Muchas de las decisiones que condicionan nuestro futuro se toman lejos del Ecuador, en instituciones, mercados y directorios donde nuestra capacidad de influencia es limitada o simplemente no existe. Fuera del país se define buena parte del valor de lo que producimos, el costo del financiamiento que necesitamos y las reglas de las plataformas que median nuestra información, nuestras relaciones y nuestro consumo. Incluso nuestros recursos naturales pueden terminar respondiendo más a la demanda internacional que a una visión propia de desarrollo. La dependencia no desapareció con la corona; solamente cambió de forma.
Sin embargo, resulta demasiado fácil responsabilizar únicamente al exterior. Las dependencias externas se profundizan cuando encuentran instituciones débiles, corrupción, improvisación y una ciudadanía que renuncia a su responsabilidad. Dejamos de obedecer a una corona, pero no necesariamente aprendimos a gobernarnos. Todavía buscamos caudillos en lugar de instituciones, elegimos bandos antes que ideas y confundimos a quien piensa diferente con un enemigo. Hasta la verdad parece cambiar según quién ocupa el poder. Nos indignamos ante la corrupción, pero toleramos la pequeña deshonestidad cuando nos beneficia. Exigimos mejores gobernantes, aunque no siempre estamos dispuestos a ser mejores ciudadanos.
Por eso, la independencia política fue apenas el comienzo. No podemos considerarnos libres cuando nuestros jóvenes tienen ideas, talento y voluntad, pero deben marcharse porque sienten que aquí no existe un lugar para sus sueños. Tampoco cuando crear y emprender se convierten en una carrera contra la burocracia, la inseguridad y la incertidumbre. Un país no es plenamente independiente cuando sus campos producen riqueza mientras quienes trabajan la tierra continúan viviendo en la pobreza, ni cuando, a pesar de ser uno de los territorios más biodiversos del planeta, destruye los ecosistemas que sostienen su vida.
Esto no significa que debamos aislarnos del mundo. Ningún país es completamente autosuficiente y toda sociedad necesita relacionarse, comerciar y cooperar con otras. El problema no es la interdependencia, sino la subordinación: participar en el mundo sin capacidad para decidir, negociar o construir alternativas propias. La independencia del siglo XXI exige dejar de depender principalmente de la exportación de materias primas y aumentar nuestra capacidad para transformarlas. Significa producir conocimiento, desarrollar tecnología y relacionarnos con el mundo sin entregar nuestra dignidad. La riqueza que nace en nuestro territorio también debería construir oportunidades dentro de él.
La independencia no se juega únicamente en los mercados o en las instituciones. También necesitamos independizarnos del miedo, de la indiferencia, del racismo, del clasismo y de esa antigua costumbre de creer que lo extranjero siempre vale más que aquello que nace en nuestra tierra. Somos un país de volcanes, ríos, bosques, páramos y mares, donde conviven pueblos, memorias y culturas distintas. Nuestra identidad proviene del encuentro. No puede existir verdadera libertad mientras algunos ecuatorianos sean considerados más ciudadanos que otros, mientras nuestros pueblos originarios sean utilizados como decoración de una identidad nacional que luego los excluye o mientras la Pachamama sea celebrada en los discursos y sacrificada en nombre de una visión inmediata y empobrecida del progreso.
Tal vez los hombres y mujeres de 1809 tampoco sabían con certeza qué ocurriría después. No tenían garantías de victoria. Lo que tuvieron fue el valor de desafiar una realidad que parecía imposible de cambiar. Esa es, quizá, la lección que todavía necesitamos. La libertad nunca aparece como una obra terminada. Cada generación debe defenderla, ampliarla y darle un nuevo significado. A la nuestra le corresponde construir instituciones más fuertes, recuperar la capacidad de decidir sobre nuestro futuro y demostrar que la prosperidad no tiene que ser el privilegio de unos pocos ni el resultado de destruir aquello que nos sostiene.
Honrar a quienes dieron el primer grito no consiste únicamente en repetir sus nombres, sino en continuar la obra que dejaron inconclusa: atrevernos a imaginar un Ecuador más justo, consciente y libre, y asumir que nadie vendrá a construirlo por nosotros. La independencia se conmemora un día, pero la libertad se construye todos los días: en cada decisión, en cada verdad que nos atrevemos a defender y en cada ocasión en la que elegimos el bien común por encima de nuestra conveniencia. Doscientos diecisiete años después, aquel grito todavía debe continuar. Ya no contra una corona extranjera, sino contra todo aquello que nos impide convertirnos en el país que podríamos ser.

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