El privilegio del propósito
Emprender no es solo una actividad económica. Es, en esencia, un acto de libertad. Y toda libertad auténtica es un privilegio. No porque sea cómoda, sino porque es rara. La mayoría de las personas viven dentro de caminos trazados por otros: por necesidad, por miedo, por inercia o por tradición. Poder elegir el propio camino, aun cuando ese camino sea incierto, es una forma silenciosa de riqueza. El privilegio no está en el capital, ni en el acceso a contactos, ni en la visibilidad. El privilegio real está en poder preguntarse qué queremos construir con nuestra vida y, más aún, en atreverse a responder con acciones. En asumir que no somos solo ejecutores de órdenes externas, sino autores de nuestra propia narrativa. Emprender es aceptar que no hay garantías. Que el éxito no es automático. Que la incomodidad no es una etapa temporal, sino parte estructural del proceso. Pero también es aceptar algo mucho más poderoso: que no somos solo engranajes de un sistema, sino creadores de realida...