¿Maldecir la oscuridad o encender una vela?

La manera en que una persona responde a la adversidad revela con claridad su posición frente a la realidad. Existen quienes convierten la dificultad en objeto de análisis, denuncia o explicación, y quienes la asumen como un espacio de intervención posible. Esta diferencia no es meramente actitudinal, sino estructural: define si el individuo se percibe como un observador crítico del mundo o como un agente responsable de transformarlo, incluso cuando las condiciones son inciertas, incompletas o adversas.

Maldecir la oscuridad implica un posicionamiento centrado en la carencia. Es el acto de nombrar el problema, describir sus causas, identificar a los responsables y elaborar narrativas críticas sobre el entorno. Esta capacidad analítica no es negativa en sí misma; de hecho, constituye una base indispensable para cualquier proceso de transformación. Sin embargo, cuando se agota en la denuncia, se convierte en una forma sofisticada de inmovilidad. La crítica sin acción produce una ilusión de profundidad intelectual que no se traduce en transformación concreta.

Encender una vela, en cambio, supone aceptar la incompletitud del contexto como un punto de partida y no como una excusa. Es un acto de responsabilidad radical: no espera condiciones ideales, no exige garantías absolutas, no posterga la acción hasta que el entorno sea favorable. Parte de una premisa fundamental: aunque no se controle la totalidad del sistema, siempre se conserva la capacidad de intervenir en una fracción de él.

Desde una perspectiva filosófica, esta diferencia se vincula con la noción de agencia. El sujeto que maldice la oscuridad se concibe como un observador crítico de la realidad; el que enciende una vela se reconoce como un agente transformador dentro de ella. El primero interpreta, el segundo crea. El primero describe el mundo tal como es; el segundo introduce en él una variación, por mínima que sea.

En el ámbito empresarial y organizacional, esta distinción adquiere una relevancia estratégica. Maldecir la oscuridad se manifiesta en la queja constante sobre el entorno: la economía, el mercado, la competencia desleal, la burocracia, la falta de apoyo institucional. Encender una vela se expresa en la decisión de construir modelos de negocio éticos en contextos imperfectos, de innovar con recursos limitados, de sostener estándares elevados aun cuando el entorno no los exija.

Las empresas que encienden velas no son necesariamente las más grandes, ni las más visibles, ni las más financiadas. Son aquellas que asumen su existencia como un acto político en el sentido más profundo del término: una forma concreta de demostrar que otra manera de hacer las cosas es posible. No se definen por su oposición al sistema, sino por su capacidad de proponer alternativas funcionales dentro de él.

A nivel individual, la metáfora adquiere una dimensión existencial. Maldecir la oscuridad es permanecer anclado en la explicación de las heridas, los condicionamientos y las limitaciones. Encender una vela es reconocer esas condiciones sin permitir que definan el horizonte de la propia identidad. No niega el pasado, pero tampoco le otorga poder absoluto sobre el futuro.

Existe además una dimensión ética en esta elección. Encender una vela no garantiza la eliminación de la oscuridad, pero introduce un principio de coherencia entre pensamiento y acción. Es una afirmación silenciosa de que la responsabilidad personal no depende de la escala del impacto, sino de la integridad del gesto. Una sola vela no ilumina todo el espacio, pero altera su naturaleza: donde hay luz, la oscuridad deja de ser total.

En sociedades saturadas de opinión, análisis y crítica, la "vela" adquiere un valor superior al discurso. Representa la primacía del hacer sobre el decir, de la coherencia sobre la retórica, de la construcción sobre la denuncia. No reemplaza la reflexión, pero la completa. Elegir encender una vela es renunciar a la comodidad moral de la queja sin compromiso. Es aceptar la vulnerabilidad de la acción: la posibilidad de fallar, de ser insuficiente, de no cambiar el mundo entero. Pero también es asumir el privilegio de participar activamente en su transformación. En última instancia, esta no es una pregunta retórica, sino una definición de identidad. No describe lo que el mundo es, sino quién se decide ser dentro de él.

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