Amor profundo en tiempos de poder


Hablar de poder global nunca es un ejercicio neutral. Tampoco lo es hablar de soberanía, de liderazgo o de los ciclos históricos que se repiten con distintos rostros. Hoy, este ejercicio de amor profundo hacia las personas, los seres vivos y el planeta exige mirar de frente aquello que incomoda, sin caricaturas, sin adjetivos fáciles, sin reducir la complejidad a consignas. La figura de Donald Trump, más allá del individuo, representa un fenómeno estructural: el resurgimiento explícito de una lógica de fuerza como principio ordenador del mundo. No es una anomalía histórica. Es una recurrencia. Un recordatorio de que los imperios no siempre se anuncian con ejércitos; a veces lo hacen con discursos de eficiencia, seguridad, orden o prosperidad. El problema central no es una persona, sino el conjunto de prácticas y lógicas que su presencia vuelve aceptables.

Cuando el poder global se expresa sin pudor, la soberanía deja de ser un principio y se convierte en una variable de negociación. Países, territorios, recursos naturales y hasta pueblos enteros pasan a leerse como fichas en un tablero geopolítico donde la legitimidad no nace del consenso, sino de la capacidad de imponer condiciones. América Latina conoce bien este guion. No porque sea víctima pasiva, sino porque ha sido históricamente entrenada para operar dentro de él. La dependencia no solo es económica; es simbólica, psicológica y cultural. Se internaliza la idea de que hay centros que deciden y periferias que reaccionan. Que hay naciones destinadas a mandar y otras a obedecer. Que el orden mundial es algo que se acepta, no algo que se discute.

Cuando un líder global plantea abiertamente que la soberanía de otros puede ser administrada, supervisada o corregida desde afuera, lo verdaderamente peligroso no es la amenaza explícita, sino la normalización de esa posibilidad. Toda dominación duradera se apoya en complejos colectivos. El complejo de inferioridad de quien cree que no puede gobernarse solo. El complejo de superioridad de quien cree que está destinado a hacerlo. Ambos se retroalimentan. Existe en muchas sociedades un cansancio profundo con la incertidumbre, la corrupción interna, la ineficiencia y el conflicto. En ese cansancio, surge una tentación peligrosa: ceder autonomía a cambio de orden. Delegar soberanía a cambio de promesas de estabilidad. Aceptar la tutela externa como mal menor. Este instinto no nace del odio, sino del miedo. Y el miedo, cuando no se trabaja, se convierte en obediencia.

La historia demuestra que los pueblos no siempre son dominados por la fuerza; muchas veces son dominados porque, agotados, permiten que alguien más decida por ellos. Uno de los mecanismos más eficaces del poder es la fragmentación. Dividir para administrar. Polarizar para debilitar. Enfrentar narrativas internas hasta que la energía colectiva se consuma en conflictos domésticos mientras las decisiones estructurales se toman en otro lugar. Cuando las sociedades se dividen en bandos irreconciliables, pierden la capacidad de articular proyectos comunes. Cuando el debate se reduce a identidades enfrentadas, se diluye la discusión sobre soberanía, modelo económico, relación con la naturaleza y sentido de desarrollo. El dominio externo rara vez necesita imponerse cuando el interno ya ha erosionado los cimientos.

Ejercer amor profundo por las personas y el planeta no implica negar estas dinámicas. Implica comprenderlas con claridad para no reproducirlas. El verdadero amor político (si se puede usar el término) no romantiza a los pueblos ni demoniza a los líderes. Observa sistemas, incentivos, estructuras. Reconoce errores propios. Asume responsabilidad colectiva. No se trata de sustituir un poder por otro, ni de invertir jerarquías. Se trata de salir del juego de la dominación como único marco posible. A pesar de la crudeza del diagnóstico, el futuro no está cerrado. Existen alternativas reales, aunque menos espectaculares y más exigentes:

  1. Soberanía cotidiana
    La soberanía no se defiende solo en discursos internacionales. Se construye en sistemas productivos locales, en educación crítica, en autonomía energética, en cadenas de valor propias. Cada decisión económica consciente reduce dependencia.
  2. Liderazgos menos mesiánicos y más sistémicos
    Menos salvadores, más instituciones. Menos culto a la personalidad, más diseño de procesos que sobrevivan a las personas.
  3. Reconciliación interna como estrategia geopolítica
    Los países divididos son vulnerables. La cohesión social no es un ideal moral: es una ventaja estratégica.
  4. Economías que respeten la vida
    Un planeta tratado como botín siempre generará conflictos. Modelos regenerativos, circulares y locales no son utopías ecológicas; son respuestas racionales a un mundo finito.
  5. Memoria histórica activa
    Recordar no para resentirse, sino para no repetir. Entender cómo operó el poder antes permite reconocerlo cuando reaparece con nuevos discursos.

Este ejercicio de amor profundo no busca señalar culpables, sino despertar responsabilidad. El poder que domina siempre encuentra terreno fértil donde hay miedo, fragmentación y olvido. El optimismo real no nace de negar estas fuerzas, sino de asumir que, aunque no controlamos el tablero completo, sí controlamos cómo jugamos nuestra parte. Amar a las personas, a los seres vivos y al planeta hoy implica una decisión incómoda pero necesaria: dejar de delegar el futuro. Elegir conscientemente. Construir soberanía desde abajo. Y recordar que ningún imperio es eterno, pero las decisiones éticas sí dejan huella.

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